Violencia en los estadios y la construcción de nuevos recintos deportivos.
El presidente de Azul Azul, el grupo empresarial que maneja el club de fútbol profesional de la Universidad de Chile, fue uno de los invitados hace un par de días a un seminario sobre violencia realizado por la Universidad del Desarrollo, de la cual es vicepresidente del consejo directivo, prorrector y uno de sus fundadores con el 12,5% del capital inicial (por eso en la Universidad de Chile no lo quieren de presidente). Federico Valdés estuvo acompañado por su similar de Colo Colo y el presidente de la ANFP. Según se desprende de lo publicado en la prensa, todos llegaron a la misma conclusión: la culpa de la violencia en los estadios la tiene la autoridad.
Cuando discutimos aquí cómo hacemos nuestro estadio, es importante debatir sobre este tema. Tal como escribió Jorge en uno de los comentarios del post anterior, ¿vale la pena tanto esfuerzo para que después algunos barristas lo destrocen todo? Veamos. ¿Es sólo culpa de la autoridad? Es verdad que la ley de violencia en los estadios no funciona, pero también es cierto que el comportamiento de estos hinchas no es algo exclusivo del fútbol. El estadio es sólo la expresión mayor de un fenómeno que se esparce en todos los ámbitos. Se trata de una forma de expresión que tiene apestados a la mayoría de los ciudadanos de Santiago y de algunas ciudades de regiones.
Destrucción y violencia
¿Se puede pintar una pared en esta ciudad sin que al día siguiente sea rayada, ni siquiera pintada con un grafitti, sino que con esos odiosos tags que se hacen con plumones?; ¿se puede ir en el metro escuchando una conversación entre jóvenes (de cualquier clase social) sin que hablen cinco garabatos por cada ocho palabras?... las otras tres son “de”, “ya” y “que”; ¿se pueden construir paraderos de buses sin que sean destruidos?;
¿se salva algún escolar de ser víctima de bullying en sus escuelas?; ¿se puede intentar ornamentar la ciudad con plazas o parques sin que sean convertidos en verdaderos basurales y sus asientos y basureros dañados?; ¿se puede organizar una marcha pacífica sin que lleguen los grupos anarquistas, capucha mediante, a destruirlo todo?. Ejemplos hay muchos, pero cómo olvidar esa hermosa muestra de repudio a George Bush para la Cumbre APEC en el Parque Bustamante… hasta que llegaron los idiotas de siempre y lo destruyeron todo. Sólo como reflexión expongo que hace unas semanas estuve trabajando en La Paz y otras ciudades y pueblos de Bolivia, y si bien existe un evidente atraso material, puedo decir que no vi rayados más allá de lo normal, los teléfonos públicos funcionan perfectamente y que los negocios no cierran cuando hay una marcha (que las hay a diario), porque la gente se expresa y no destruye.
La destrucción y violencia no es expresión exclusiva del fútbol.
La delincuencia
El modelo económico que han defendido los chicos de Chicago como Federico Valdés, ha hecho que los sueldos a los que puede aspirar un poblador (¡y muchos profesionales!) no superen los 200 o los $250.000, mientras que robando o macheteando pueden hacer de 400 para arriba. La lógica de estos chicos es ¿para qué esforzarse?, ¿para qué ir a la escuela? Entonces salen a “trabajar” a las calles. Luego nosotros, molestos con su falta de esfuerzo y compromiso con la sociedad, los queremos encerrados en las cárceles. Entonces, construimos cárceles modelo, concesionadas, pero éstas ya están al borde del colapso. ¡Tanto delincuente que hay! Y allí los tenemos: pidiendo monedas y cartereando, porque total sólo son un par de palos de los carabineros y luego los sueltan. La gente dice que la justicia no funciona, pero el juez piensa ¿y dónde los meto si las cárceles están llenas? Entonces deja libres a los que cometen delitos “menores” y nosotros nos enojamos, y entonces… ¿la solución es construir más cárceles?, ¿y cuándo éstas se llenen?
Diablos… la delincuencia no es expresión exclusiva del fútbol.
La política
A algunos no les gusta eso de hablar de “izquierdas o de derechas”. Dicen “no sé por qué me dices que soy de derecha, eso es tan anticuado”, pero actúan como tales. Lo mismo para algunos de izquierda. Bueno. Entonces, como decía mi abuelita Pepa, hablemos de conservadores y liberales…mmm, mejor conservadores y progresistas… (Slytherin v/s Griffindor). Los primeros exigen cárceles y mano dura a los delincuentes y violentistas; los segundos, educación y respeto a sus derechos. Es obvio que “secar” a alguien en la cárcel sólo es el caldo de cultivo para la proliferación de más delincuencia y violencia; como también es obvio que una falta de castigo crea una suerte de impunidad y libertinaje. Algunos están felices con el estado actual de las cosas, porque venden alarmas, rejas, mallas, candados y pistolas; otros, porque ven en los delincuentes a las víctimas de un modelo y, por lo tanto, el escenario ideal para la expresión de su verborrea política “humanitaria”.
Chile no necesita del eslogan “más trabajo”, sino de “más trabajo y mejor pagado”. Una sociedad conforme, es una sociedad con menor delincuencia. Queremos ser campeones de fútbol, no de la peor distribución del ingreso con esos sueldos exorbitantes de algunos gerentes y miembros de directorios. Los chicos de negocios de Chile deben entender que empleados mejor pagados, son clientes que compran más. Así nos daremos cuenta que la cantidad de cárceles que tenemos es suficiente y podremos trabajar mejor en la rehabilitación e inserción social de los presos. Pero mientras ese proceso se desarrolla, no podemos dejar que los que roban o destruyen se rían en nuestra cara. No podemos hacer de ésto una lucha ideológica. En eso estoy de acuerdo con muchos: de un lado y de otro apestan con la utilización que hacen del tema. Una vez mi padre en la Inspectoría General de mi colegio (al que fue invitado gracias a algo que hice y que no recuerdo), le decía al Sr. Sergio Riquelme "¿por qué no lo hacen limpiar los vidrios o barrer el patio?, ¿por qué me castigan a mí viniendo para acá?". Hoy le encuentro más razón que nunca. ¿Por qué no trabajamos en mayores y mejores penas alternativas, eficaces y "mediáticas"?
El aprovechamiento político del problema no es exclusivo del fútbol.
La Policía
Hoy en día es francamente desagradable ir al estadio. Los autos no están seguros y te cobran dos veces ($1000 la entrada y luego la propina al cuidador); volver en metro es lo peor de todo: se deben cerrar las estaciones porque “nuestros muchachos” no pagan y las instalaciones corren serios riesgos; el Transantiago ni hablar: los choferes siguen de largo con sólo ver a los barristas, porque no pagan y producen destrozos. Pero además está el problema policial. Después de entregar el ticket al señor o la señora que están junto a la taquilla, la escena parece una visita a una cárcel: los uniformados te revisan, te hablan mal, te miran con desconfianza… ¡eres el enemigo!... y, perdón si alguien se ofende o cree encontrar tintes de discriminación en mis palabras, yo no parezco un barrista. Entiendo que no debe ser nada de agradable tener que lidiar con personajes que les escupen, los insultan y los agraden por el solo hecho de llevar uniforme. Pero no es menos cierto que hay algunas actitudes que siembran rencor y odio. No les basta con apostar a un número de guardianes en la pista atlética frente a la barra. No. De pronto, y sin que medie provocación, se acerca un piquete armado hasta los dientes, para “reforzar” a sus colegas, desfilando o trotando en forma desafiante. ¿Para qué esa demostración de fuerza?, ¿Por qué no esperan afuera y entran sólo cuando es necesario? Por otro lado, la organización policial en el estadio deja mucho que desear. Recuerdo que hace un tiempo fui a ver un partido al Nacional a mitad de semana. Hacía frío y la concurrencia era escasa. Pues me revisaron hasta que se cansaron. Le pedí explicaciones al carabinero por el exceso, a lo que el policía me respondió que se trataba de una orden superior: “debemos aprovechar que vinieron pocos para revisarlos bien”. Increíble.
Los medios
Es lamentable que no tenga los nombres en mi memoria, pero apenas se dé la situación los daré. Hay comentaristas y periodistas deportivos en este país que le hacen un flaco favor al tema de la violencia, incentivando la alarma algunos y echando para abajo las iniciativas otros. Se quejan todo el tiempo de las autoridades del fútbol y de gobierno, por ejemplo, de la Intendencia de Santiago, que le programa los partidos a la ANFP, que hay intervención, que no tienen idea, etc., etc. Pero, ¿es que jamás se han dado una vuelta por la galería para ver los tablones de Santa Laura, donde una persona cayó al vacío y todos parecen haber tapado la noticia con tierra? No se trata sólo de las barras, sino también de la seguridad del espectador ante las malas condiciones de los estadios. A mí me encanta Santa Laura y apoyaré que siga existiendo y que sus tribunas de madera sean reemplazadas por otras de concreto como la tribuna norte y oficial (aunque NO financiadas por la U), pero hoy es un peligro absoluto ir allí. El tablón en sí es indigno para un espectáculo… los jugadores no son vacas víctimas de jinetes prepotentes (estoy en contra del rodeo y las corridas de toros). Es cierto que en el gobierno hay muchos ineficientes (demasiados), pero no todos son tan estúpidos y por algo se toman esas decisiones. Pero no, los comentaristas y articulistas déle que déle con que en Santa Laura se ve tan bonito el fútbol y todo eso. En el tema de las barras, los chicos de la prensa dictan cátedra y despotrican por la falta de medidas, pero cuando alguien las propone, las destruyen en cinco segundos. Lo que dicen lo puede decir cualquiera. Al igual que en sus comentarios deportivos, ¿en qué se diferencian sus contenidos con la opinión del hincha común? EN NADA. Quizás sólo en la facilidad para abrir la boca frente al micrófono o la buena voz. Y ni eso. Nadie ha hecho una investigación seria sobre el tema. Así como alguna vez debimos recurrir a Andrés Bello, Lord Cochrane o Claudio Gay, entre otros notables extranjeros, quizás la solución esté fuera de nuestras fronteras, en investigadores foráneos. ¿Cómo funciona el sistema inglés?, ¿qué soluciones se aplican en Turquía o en Grecia? o ¿cómo se juegan los clásicos en España? Hasta ahora, la mejor alternativa para mí, mientras se adopten mejores medidas, es la de jugar sólo con público local en partidos de alta convocatoria. Así, por ejemplo, la Católica podría jugar todos sus partidos en su estadio (¿qué excusa darían ahora?). A mí no me interesa ir a Pedreros. He tenido tan malas experiencias que ni me lo cuestiono. ¿Para que ir allí? Y nosotros podríamos ir al Nacional tranquilos… y llenarlo sólo con nuestras banderas. Pero no. Cuando alguien lo propuso, se saturaron todos los micrófonos al mismo tiempo: que cómo se les ocurre, que eso es discriminación, que se le quita el encanto al fútbol… y bla, bla, bla. Palos porque bogas y palos porque no bogas.
La culpa también es nuestra; la solución también
Como vemos, el problema es algo que va mucho más allá del fútbol, es una demostración de una manera de ser nuestra y de un modelo que defienden unos y otros. La violencia en los estadios y el comportamiento desagradable de sus hinchas no es algo que se pueda resolver sólo con una Ley deficiente. Me gustaría escuchar al Senador Espina, hincha de la U, abogando también por mejores salarios por parte de los privados y no sólo preocupado de la violencia, que es su marca registrada. Así habría menos delincuencia y más jóvenes estudiando. Como también, me encantaría dejar de escuchar cómo la izquierda ampara y protege lo indefendible, sólo por diferenciarse de sus oponentes políticos. El que mete la pata debe pagar, y punto. El que rompe, paga. Las oportunidades no se dan perdonando delitos, puesto que ello implica una víctima burlada. Y así es como nos sentimos todos cuando vemos que los mismos que destruyen y agreden siguen yendo al estadio como si nada.
Pero mientras no solucionemos todos los vicios de nuestra sociedad y sus eternas discusiones, ¿acaso no podremos nunca más construir parques, porque sus prados serán ensuciados?, ¿no deberemos hacer más paraderos del Transantiago, ya que serán destruidos?, ¿no podremos nunca más llamar a una reunión masiva, porque se infiltrarán los que lo rompen todo? Si la respuesta es negativa, entonces no sólo no debemos construir un estadio, sino que debemos cerrar la puerta de la sociedad que conocemos y entregársela a los bárbaros; tendremos que huir a las montañas y al desierto escapando del caos.
Yo me niego. Por ello es que sí creo posible la construcción de un estadio para la U.
Y para empezar a combatir la violencia, las acciones son bastante simples: yo, por ejemplo, no me emociono con “el bulla va caminando para pedreros”. No sé si me espanta más oír las letras de los cánticos o los papás que llevan a sus hijos y empiezan a saltar y cantar delante de ellos. Bonita forma de educarlos. Comencemos con analizar lo que cantamos: “ooooh a balazos se van a tirar”; “por el Bulla mato, por el Bulla muero”… ¿con pistolas hechizas y balas locas?... ¿por qué tenemos todos que sentirnos identificados con tópicos delincuenciales disfrazados de pasión y sentimiento azul? “Es que es la realidad que viven los pobres cabros”, me dicen algunos… sí, claro, perfecto, ¡todos queremos una sociedad más justa!, pero mientras tanto, ¿tengo que dejar que me amedrenten y me violenten?... ¡No!
Destaco la acción ejercida por los estudiantes secundarios en 2006, donde ellos mismos se encargaron de hacer a un lado a los violentistas. Si bien no lo lograron del todo, con organización demostraron que sí se pueden ejercer acciones desde la misma sociedad, sin que medie un ente superior como un Partido, don Francisco o el Gobierno. El fin, la meta, era tan importante, que un grupo anarquista no iba a interponerse en el camino hacia al objetivo. Y lo lograron.
La civilización azul
Señores dirigentes (o administradores o gerentes… ¿cómo les debemos llamar ahora?), la culpa no es sólo de la autoridad, también es de todos nosotros que esperamos siempre que el Estado haga las cosas por nosotros. Típico de nuestro querido país: libremercadistas en la gloria; socialistas en las crisis.
Me gusta tanto el fútbol, quiero tanto a la U y creo tanto que el mundo no es blanco o negro (por suerte, jajajaja), que no estoy dispuesto a seguir el juego de la desesperanza y la inacción. Creo que en un estadio puede convivir lo social con los negocios perfectamente. Creo que un estadio nuevo puede ser un símbolo de orgullo no sólo para los hinchas de la U, sino que para toda la ciudad y el país (el faro del que he hablado). Creo que un estadio nuevo puede ser la manera de controlar este problema, por ese mismo orgullo. Nosotros nos sentimos orgullosos del Metro, por ejemplo, y lo cuidamos quizás sin darnos cuenta. Los chilenos parece que cuando no nos sentimos ni chochos ni integrados, destruimos y ensuciamos… un claro ejemplo es el Transantiago. Necesitamos espacios para sentirnos orgullosos. Toda sociedad grande (romanos, griegos, incas, mayas, chinos, brasileños) construyeron y construyen estos espacios para el desarrollo social y económico, y como legado de un momento histórico.
Y este es nuestro momento, el de la gran civilización azul.




























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